Ruta: Zapata-Ex-cama de piedra
- dipcomunicacion
- 22 nov 2021
- 4 Min. de lectura
Carla Valdespino

Mi periplo es simple y no por ello carente de significado: comienza con la difícil tarea de tomar el transporte que me lleve a Zapata, justo ahí, donde comienza el Valle de Toluca.
Varios tramos de la Avenida Baja Velocidad se convierten en pista de carreras para los autobuses. Justo me encuentro en uno de esos tramos, un punto entre la Avenida Comonfort y Pilares, por ello resulta complicado tomar el transporte hacia mi destino.
Uno de los grandes problemas de esta ciudad es el transporte: los autobuses van y vienen a toda velocidad sin respetar los señalamientos. En su mundo pareciera que los semáforos no existen, su percepción del tiempo es tan otra, no es lineal ni circular, pero tampoco es cíclica; después de permanecer estáticos más de tres luces rojas, verdes y amarillas, avanzan como si la vida se les acabara. Aquí comienza mi viaje, he escogido mi asiento en ventanilla y entonces inicia la magia: soy el punto fijo a bordo, mientras todo se mueve afuera, mientras el resto de los pasajeros sube y baja de la unidad. Por el cristal sucio-rayado-decorado las imágenes desfilan: un supermercado cuyo nombre recuerda a una pared, el café-restaurante que siempre lo acompaña. Hoteles que debieron ser de lujo, pero nunca lo lograron. Restaurantes que fueron, pero ahora sólo son espacios olvidados. La Iglesia. La colonia Santa Elena. Los antros de “mala reputación” que algún día fueron y hoy sólo son cemento derruido, despintado, arrumbado, que tan sólo recuerdan el esplendor de los teiboldans. Bodegas. Pequeños sembradíos ahorcados. Interconexión con otras avenidas perpendiculares. El paisaje no es alentador, es incluso deprimente, es quizá el espejo de Tezcatlipoca mostrándonos la realidad y recordándonos que la heterotopía más grande de Toluca es Toluca como una ciudad moderna la que ha dejado de ser la provincia, como lo anuncia el arco de bienvenida. Somos esa ciudad en potencia. Finalmente llego a mi destino: Zapata, el fin y el inicio del Paseo Tollocan; la salida a México, la llegada a Toluca; la entrada a San Mateo Atenco; la salida de Lerma; el paso de los tráileres; la entrada a la zona industrial, la plancha de concreto donde se alza un algo extraño en forma de pirámide que sostiene un astabandera siempre vacía, a un lado el arco olvidado de los años 30 que reza Toluca es la provincia y la provincia es la patria. Y entonces me pregunto si estas palabras no son una suerte de hechizo. Zapata es un espacio de aproximadamente una hectárea y es todo menos Zapata. Sí, la estatua del Gral. Emiliano Zapata estuvo alguna vez, justo ahí, donde ahora se encuentra el asta-vacía-oxidada. Montado en su caballo daba la bienvenida a la ciudad; la gente indicaba a los choferes “me baja ahí donde está Zapata”, pero ya no está y la gente sigue solicitando su parada en Zapata. Para conmemorar el centenario de la Revolución mexicana, el Gobierno del Estado de México decidió mover la estatua hacia el camellón central, el cual divide los carriles de alta velocidad del Paseo Tollocan, no, ahí nadie lo visita, nadie se saca fotos, se encuentra en un lugar inaccesible. Y no, ese espacio no es Zapata. Zapata se quedó un kilómetro atrás, ahí donde lo colocaron en 1976. Para ver a Mi General, tuve que caminar por las vías del tren y entonces me acordé de mi niñez cuando aún existía el tren de pasajeros en México. Para mí era un hechizo ver pasar los vagones color azul, miraba a las personas que iban dentro y me preguntaba de dónde venían. No, por mi cabeza no pasaba que ese tren hizo cimbrar a la nación durante la Revolución, simplemente me encantaba. Una mañana, caminamos por el Paseo Tollocan rumbo a la Estación Doña Rosa, cerca de lo que ahora es Bayer, cerca de donde estoy parada observando a Zapata. Esperamos el tren, nos subimos y disfrutamos de un viaje placentero hasta la estación central. Sí, ese fue mi primer viaje en tren. Cruzo la Avenida Baja Velocidad-dirección Toluca y enfrente de Bayer tomo el autobús rumbo a Ex-Cama de Piedra. Una vez más, me enfrento a la difícil tarea de que un chofer se apiade de mí y baje la velocidad. Ya a bordo, vuelvo a escoger un asiento con ventanilla, de nuevo me convierto en el punto fijo cuyo entorno se mueve constantemente. Un cristal sucio-rayado-decorado proyecta otra Toluca: las fábricas; las plazas; los hoteles modernos como antesala a un aeropuerto internacional que nadie usa. El camión cruza toda la ciudad, se adentra por sus calles y puedo vislumbrar la estación del tren olvidada. Casas, comercios, el Cosmovitral, el Zócalo, Palacio de Gobierno, el edificio de El Molino ya en funcionamiento. Le pido al chofer me baje en “Ex-Cama de Piedra”. Después de varias cuadras, me indica la parada, le pregunto dónde es Excamadepiedra, él contesta extrañado-molesto “aquí”, pero aquí no hay nada, sólo una gasolinería y calles, contesto. Me mira y dice “pues sí, aquí es”. La intersección de las avenidas Hidalgo, López Mateos, Lerdo y Vicente Guerrero, acompañadas de una gasolinería conforman el espacio denominado Excamadepiedra. Naturalmente el nombre indica que aquí estaba La cama de piedra. En realidad, estaba el Monumento a los Niños Héroes, pero para ningún habitante de Toluca lo fue realmente. Juan Escutia ya ha saltado envuelto en el lábaro patrio, ha caído en las rocas y yace muerto, cual héroe nacional. Esa escena es justo lo que representaba el monumento diseñado por el arquitecto Vicente Mendiola Quezada y quien pensó que el mejor lugar para colocar el cuerpo sin vida de Juan Escutia era a las faldas del Cerro de Coatepec, pues emulaba la caída del cadete en el cerro de Chapultepec. No, nunca fue Juan Escutia, fue el “hombre que dormía sobre La Cama de Piedra, el borracho que amanecía con una botella de sidra o caguama en la mano; incluso se le llamó el Monumento al borracho o el Monumento a la cruda. Y no es que la gente le faltara el respeto, la gente se apropió de su entorno, lo hizo parte de su vida. Tenía significación para la ciudad, tan es así, que ese lugar se ha convertido en la heterotopía del monumento, ese espacio tiene sentido sólo en relación con el Monumento a los NiñosHéroes que algún día estuvo ahí y hoy prácticamente nadie sabe dónde está ubicado. Porque, como Zapata, acceder a él es prácticamente imposible.





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